Cartas a Macarena VII

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Montevideo, diciembre de 2018

Querida Maca,

¿Cómo estás bonita?

Como ves, mi carta ya no vuela desde África… Hoy te escribo desde Uruguay, en una tarde lluviosa de principios del verano austral.

Nuestro sueño africano tocó a su fin. Y nos marchamos de allí con una cierta sensación de serenidad. Ésa que aflora cuando las emociones se viven intensamente y luego se dejan reposar… Convencidos de que había llegado la hora de marcharnos, le dijimos adiós a esa tierra de aprendizajes profundos con un emotivo abrazo bañado en lágrimas. Jamás olvidaremos lo que nos confesó y nos hizo crecer —como personas y como equipo—.

De hecho, quería hablarte de una parte del viaje —o más bien de la vid­a misma— que va más allá de los paisajes, las malas carreteras, los aprendizajes, la forma de vivir con poco dinero o la posibilidad de encontrarnos con peligros: más allá de todo eso está nuestra convivencia.

Uno de los aspectos más delicados y en el que muy poca gente repara es ése: cómo se hace para atravesar África en veinte meses —con sus treinta días y sus veinticuatro horas— pegados el uno al otro sin tregua… Porque viajar sin descanso, con el paso del tiempo, deja de ser un mero viaje para convertirse en la propia vida. «Esto ya no es un viaje, Rosalía», me dijo hace un tiempo Juancar. «Esto es… la vida». Tal vez una vida no convencional, pero, al fin y al cabo, nuestra vida.

La gente nos pregunta, normalmente, por las averías que ha tenido Rocinante, cómo es que «vivís sin trabajar», qué comemos o, simplemente, quieren asegurarse de que es cierto aquello que tantas veces les han contado: «hay mucha gente mala en el mundo». Es normal. Hemos sido —y somos— educados en la derrota y la tragedia, en la «cara fea de la vida».

Pero, como te decía, en un viaje largo, más allá de todo ello —más allá del propio viaje— se esconde la convivencia. Una convivencia en un escenario cambiante cada día, con la incertidumbre de dónde comer, dónde dormir y qué puede esperarnos al girar cada curva. Una convivencia que, lógicamente, se torna más difícil cuanto más se prolongue el viaje y peores sean las circunstancias.

Si Rocinante se avería, lo arreglamos. Si nos roban, nos jodemos. Si el presupuesto escasea, gastamos menos —¡aún!— o nos buscamos la vida. Pero, ¿qué pasa cuándo discutimos? ¿Qué pasa cuando la energía dentro del coche se vuelve rancia, el calor nos supera, la pista nos mata y ya no queremos ni mirarnos el uno al otro? ¿Qué ocurre cuando los pilares del equipo tiemblan? Cuando se rompe la convivencia…

Cuando ello ocurre, pareces verte engullida por un agujero negro que te empuja más y más, haciéndote caer por una espiral a la que no se atisba fondo alguno… A miles de kilómetros de casa, lo que antes era glorioso, de repente se torna nublado: las sensaciones, el lugar, el viaje… No hay amigos, hermanos o madres a quienes acudir. No tienes a nadie alrededor. Te sientes sola, profundamente sola. Porque acabas de perder a la única persona que integraba tu mundo diminuto.

Cuando ello ocurre sufres. Querrías abrir un agujero en la tierra de ese maldito desierto o esa selva agobiante y desaparecer. Literalmente. Y, súbitamente, deseas mil cosas que jamás habías deseado. No sabes cómo puede ser, pero en ese momento las deseas. Deseas dejar de viajar, mandarlo todo al garete…

En un momento dado te dices: «pero, ¿qué hago yo aquí?, ¿es necesario todo esto?, ¿este es el sueño de vuelta al mundo que yo tenía?».

Y ambos queremos alejaros, escapar. Pero… ¿escapar adónde cuando es imposible? Cuando no hay más que dos espacios en tu mundo particular: la caravana —que es pequeña— y el coche —que lo es más—. Y ni una ni el otro dan de sí con tanta tensión. Ambos queremos estirar las paredes para no escuchar la respiración ni los sollozos del otro. Pero no hay escapatoria, el exterior no existe. De modo que, en esos momento, comprendes que no hay más opciones que una: mirarse a los ojos y decirse lo que, tanto el uno como el otro, estaba deseando escuchar y no decir: lo siento

Lo que en condiciones normales tarda días, aquí son horas. Y lo que de habitual son horas, aquí son minutos. Se pasa de la rabia al perdón rápidamente. Porque es eso o darlo por terminado todo. No hay medias tintas. No puedes dejarlo para mañana o escurrir el bulto como si nada hubiese ocurrido. No vale tirar la toalla y volver por ella un día o dos más tarde. Tienes que enfrentarte a los problemas como nunca te han enseñado, darte cuenta de cuáles han sido tus errores y pedir perdón. Sin más, pedir perdón…

Y vivir así lo vuelve más intenso todo, Maca. Más fuerte. Más profundo. Y, tras unos cuantos meses, hasta aprendes a oler los desastres y la tensión, intentando manejarte emocionalmente para anticiparte a esa chispa que prende toda llama. Esa es la verdadera inteligencia emocional.

Hace poco leí un libro sobre viajes, aventura, convivencia, humanidad y superación: «El peor viaje del mundo», de Apsley Cherry-Garrard. Tras sobrevivir a la expedición Terra Nova —en la que murió el explorador Scott—, éste afirmaba: «…aquellos dos hombres manifestaron en todo momento la única virtud de la que acaso pueda decirse con seguridad que contribuye a alcanzar el éxito: el dominio de uno mismo». Aunque obviamente a menor escala, me vi reflejada en ello.

Da lo mismo a qué llames «éxito»: trabajo, volver con vida del Polo Sur o encontrar un lugar donde dormir tras más de diez horas de viaje… Saber lidiar con tus emociones es clave para todo lo que te propongas. Y no se trata tan solo de frenar la ira o impedir la depresión, sino de dejar salir igualmente al amor, el cariño, decir «te quiero» o pedir perdón… Ponerte en el lugar del otro: empatizar.

El otro día le decía a Juancar que, aunque no nos demos cuenta, en el coche viaja con nosotros un equipo muy numeroso: el que conforman todos mis «yo» y todos sus «él»; y la dificultad de encontrar el equilibrio entre todos ellos. Comprender cuándo la otra persona se ha despertado con un «yo» desanimado, deprimido o desquiciado, para darle la vuelta, en lugar de enojarse y reprocharle su falta de motivación, actitud o voluntad. Buscar tu «yo» más empático y paciente en el que él vuelque su desatino y se restablezca la calma. Y a la inversa. Todos los días y a todas horas.

Me parece que tampoco estoy diciendo nada que nadie sepa ni haya experimentado y aprendido… En cualquier caso, creo que, tras veinte meses repletos de emociones tan intensas, la soldadura que hemos creado en nuestro vínculo es fuerte. Visualizo una unión férrea, pero, al mismo tiempo, es como si nosotros mismos nos hubiésemos vuelto moldeables como la plastilina. ¡Qué curioso!, ¿verdad?

África nos ha puesto a prueba en todos los sentidos. Y, para bien o para mal, le estamos hondamente agradecidos.

Hemos salido de África, Maca. Aunque, mucho me temo, que África jamás saldrá de nosotros.

Te quiero,

Rosalía.


4 respuestas a “Cartas a Macarena VII

  1. Me ha encantado leer esta carta a Macarena, Rosalía. Cuántas verdades, en ese equipo de miniyos que tienen que trabajar y congeniar para llegar a buen puerto. Qué intenso y qué rápido como dices debe ser en ese minimundo de coche y caravana. En fin, me despido, y te sigo leyendo. Un abrazo =)

    P.D. Es un gustazo cuando redescubres blogs que te encantan.

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    1. ¡Hola Yai! ¡Gracias! Sí, es todo como un pequeño “gran hermano” donde todas las emociones afloran y explotan casi sin control, hasta que poco a poco te vas haciendo con ello y aprendes a comprenderlo todo un poco mejor.
      He visto que vienes de las islas afortunadas… ;) Una parte de nuestro corazón se quedó en Gran Canaria antes de marcharnos, así que ––aparte de las ganas de escribir de verdad–– compartimos un lugar maravilloso en el mundo. Un fuerte abrazo.

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  2. ¡Gensanta! Buen inicio en la etapa americana, todo eso te pasa por no haber hecho caso al sicalíptico charlestón “Al Uruguay, guay, yo no voy, voy, porque temo naufragar…” (entrada en internet)
    Si reflexionas un poco con el devenir de los acontecimientos cotidianos te darás cuenta que todo es uno, tanto en Utiel como en África y ahora en América, y como acertadamente dijo JC es la vida, afortunadamente todo va saliendo como debiera, porque cuando se emprende una cosa como una vueltecilla mundial en el bagaje también entran las experiencias vitales anteriores de cada uno, y se van acomodando las nuevas, y todo bien mezclaito es lo que va moldeando a la persona, cosa que terminará cuando “si un día para mi mal viene a buscarme la parca..” (Mediterráneo forever) Y en tus mismos razonamientos te vas dando respuesta, todo influye desde lo más fuerte hasta lo más nimio, y dado que Rocinante no responde aunque sí oiga, no hay más que meditar (niña de largos silencios) y nunca perder la paciencia, consejo que a veces es muy difícil de seguir porque lo primero que acude es el nervio acompañado de tono subido de voz que crispa todavía más el ambiente, un buen ejercicio de simulación puede ayudar: Imagina que por un instante uno de los dos desapareciese, que no hubiera constancia de él ni física, ni en el recuerdo, nada ¿qué pasaría con el otro? Horrible crueldad ¿no es cierto? Frente a esa tesitura todo es superable.
    Un abrazo muy cariñoso a ambos.
    Pd. Tacaños en imágenes.

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    1. Me encanta Ricardo. Sinceramente, deberías ser parte de este viaje para poder dar rienda suelta a tu prosa…
      Lo último que planteas es tan real como cruel y cierto a la vez. Se me encoge el estómago y el cuerpo entero al pensarlo… Será algo que ponga en práctica, sin duda.
      Muchas veces a lo largo del viaje, tras momentos tensos o duros, siempre escribía en mi diario: “estamos juntos y estamos bien”. Esa frase resumía todo lo que necesitábamos en ese momento: si no estábamos juntos, mal; si no estábamos bien, mal; y si no estábamos ni juntos ni bien, muy mal.
      Gracias amigo. Te queremos. Un fuerte abrazo.

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