Cartas a Macarena VI

Playa de Morrungulo (Mozambique), agosto de 2018

Querida Maca,

Hoy me he despertado pensando de nuevo en algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza…

Supongo que recordarás que hace ya unos años tuve un jefe que me martirizaba con la idea de “el ser y el parecer”… Todo lo que yo “era”, pensaba, decía y actuaba estaba mal. Tenía que aprender a “parecer”, a simular que todo lo entendía, que atendía a la jerarquía, que abrazaba ideas en las que no creía, que entendía que el poder y el respeto se impusiesen (no se ganasen), y un largo etcétera. Entonces, tenía que desentenderme, desatenderme, fingir, disfrazarme de alguien que no era y aparentar que era (y pensaba) lo que realmente no quería ser (ni pensar).

Varias discusiones tuve, principalmente conmigo misma, exigiéndome mi libertad entre lágrimas y sollozos, entre ansiedad, a unos veinticinco años con los que siempre había soñado y que para nada me hacían feliz en ese momento. Por lo que no podía permitirme camuflar mi alma por más tiempo y vivir una vida falsa, en la que interpretaba un papel con el que no estaba de acuerdo.

Pero la sociedad te arrastra… Ya lo sabes. Has de parecer feliz, sana, inteligente, deportista, culta, aventurera, soñadora, creativa y valiente. Has de maquillarte, por dentro y por fuera. Has de fingir bienestar y alegría en el trabajo, con los amigos, la familia… Has de mostrar al mundo la maravillosa vida que llevas, llena de frases optimistas (que no te dicen nada en lo más profundo de tu ser) o fotos increíbles pero forzadas, que parecen demostrar una vida ilusoria que nunca consigues alcanzar. Y lo triste, lo más triste de todo, es que tú misma, en la sinceridad y honradez que se esconde bajo tu piel, lo sabes. Por lo que terminas convirtiéndote en una impostora de tu propia vida, de tu existencia.

Nos venden tantas cosas, nos obligan a llevar tantas etiquetas al mismo tiempo que, al final, vamos dando tumbos entre modas, tendencias y apariencias, disfrazados de todo lo que queremos parecer, menos de lo que realmente somos: sombras ambulantes y desorientadas en pos de nuestra verdadera identidad. Y nos ahogamos en un mar de dudas existenciales en el que ya no sabemos si nos lavamos el pelo para parecer más limpios o porque realmente lo necesitamos, ¿verdad?

Y fue entonces cuando, al cabo de unos meses, tomé la decisión: me marché. Tanto parecer y parecer y me había olvidado de quién era yo realmente. De hecho, -“¿quién era?”- me dije. Y sin hallar una respuesta firme a esta pregunta, lo que sí identifiqué claramente es que no me gustaba lo que parecía: algo así como un espectro ilusorio y falso de mi propia felicidad. Como es lógico, tras aquel drástico adiós no tenía la más remota idea de lo que me depararía el futuro, pero estaba satisfecha y plena por haberme escuchado, haber obedecido a mis necesidades más puras, a mi ser interior, y haberme desprendido de esa farsa que me hacía daño.

Ahora, tras más de quinientos días viajando por África me vuelven aquellas palabras a la mente: -“Rosalía, has de parecer antes que ser”… Y, ¿sabes qué Maca? Que me cago en ellas.

Y pienso que a más de uno o una mandaría yo de paseo por África Occidental. A pensar, a empaparse de la realidad de este lugar, a ese “ser” que constantemente se aparece delante de ti, en cada niño, mujer, hombre o anciano que te cruzas. Porque aquí la vida es tan real, tan apasionada y descaradamente verdadera que no hay cabida para las apariencias.

Aquí nadie engaña. La realidad no se maquilla ni dulcifica. Nada es descafeinado. Nadie tiene tiempo de fingir, demostrar o aparentar: todos son, con su realidad reflejada en sus pupilas, en tus pupilas… Tan real que, a veces, quisieras cerrar los ojos para dejar de verla y no puedes, porque ya la llevas dentro.

En África no puedes aparentar felicidad, has de serlo; no puedes fingir fortaleza, has de serlo; no puedes parecer firme y resolutiva, has de serlo. Cualquier cosa que quieras demostrar, primero has de serlo de verdad. Quien no es realmente, quien simplemente aparenta, dura un suspiro. Eso es algo que he aprendido aquí, en primera persona.

Y puede, Maca, que todavía no tenga plena consciencia de quién soy, de mi ser, de mis fortalezas y mis debilidades, pero ya no finjo, ya no aparento nada. Me da igual cómo me etiquete la gente, cómo me encasille en sus patrones sin sentido… Sólo tengo que ser yo misma, atender a lo que llevo dentro, liberarme…

Puede que, como digo, todavía no tenga plena consciencia de quién soy, pero una cosa tengo clara: sí sé quién no quiero ser.

Te quiero,

Rosalía.


2 respuestas a “Cartas a Macarena VI

  1. Es el precio que se paga por la honestidad personal, a la vez que adquieres experiencia vital se va formando toda tu humanidad, con todo lo que ello lo que ello implica.
    Me has hecho releer varias veces antes de responderte. Besos y abrazos varios.

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