Pies desnudos

Atardecer Sabana

Los pies desnudos, siempre desnudos para conectarme a La Tierra, sintiendo la suave mezcolanza de césped vivo y arena muerta, amarillenta, refinada, escupida por el mar tierra adentro hace quién sabe cuánto. Los ojos cerrados y la espalda abrazada al contorno curvado de la palmera. Mi piel absorbiendo el calor residual que ésta empezaba a devolver a la atmósfera ahora que el sol se acostaba, cual manto que ya no le pertenecía. Era dulce, su tibieza contrastaba con el aire fresco y vigoroso que saludaba a mi pecho y mi cara.

Había un plácido silencio y sólo el viento se atrevía a romper la calma, aunque eran apenas susurros. Los enviaba el mar, escondido a unos cientos de metros tras la maleza de altos herbazales grisáceos y solitarias figuras retorcidas pero esbeltas, con cierto aire engreído, de decenas de cocoteros en su carrera infinita hacia el cielo. El mar estaba sin estar. No hace falta verlo para impregnarse de su energía. Sus aromas llegan lejos, muy lejos, cuando uno está dispuesto a sentirlos. Aun sin verlo, sabía que el sol debía besar ya el horizonte, pues amenazaba con hacerlo unos minutos atrás cuando le lancé el último guiño.

Y de repente… la lucidez, el gozo, el equilibrio, la mens sana in corpore sano, la fuerza, la energía, la vitalidad, el amor, el optimismo y la sonrisa en mi alma que, tras unos segundos, se materializaba en mi boca. Aquella luz se hacía física y se encarnaba. Sonreía sin saber por qué, pero sonreía. ¿Sería aquello la felicidad? No lo sé, pues tal vez ésta no sea más que una mera utopía, algo inalcanzable en infinita huida de nuestros cuerpos. No… aquello debía de ser algo superior, más sublime.

Y tratando de averiguarme a mí mismo me comprendí pleno, satisfecho. Eso es, satisfecho conmigo, con mi vida, con la forma de afrontar y desarrollar mi existencia en La Tierra. No tenía peros contra mi persona. Pero había algo más, pues aquello no copaba toda esa energía que me sacudía por dentro y me abrazaba por fuera. Así que inspiré, espiré, abrí mi pecho a la brisa y sentí el sol desplomarse sobre el horizonte. Si… tras unos placenteros segundos conseguía verlo. Era la libertad, la mismísima libertad quien venía a visitarme, se instalaba dentro de mí, me poseía.

Me sentía libre, extremadamente libre, pues no le exigía nada a la vida. Sólo hacía lo que realmente llevaba dentro: viajaba. Viajaba por el mundo con Rosalía, con la persona amada. Durante siete meses nos deslizábamos juntos por la faz de La Tierra, sin pretensiones, con humildad, ávidos por aprender y por conocer, gustosos de ayudar.

Comprendí que invertíamos lo más valioso de nosotros mismos, nuestro tiempo, en hacer aquello que habíamos elegido voluntariamente. En exclusividad y sin reservas. Aun en contra de lo establecido o de lo que cabría esperarse de nosotros. Sólo Veíamos, Oíamos y Viajábamos. Dedicábamos nuestros días a enriquecernos y culturizarnos a través de la experiencia, en primera persona. Siete meses sin pensar en el trabajo que dignifica, en las obligaciones y las responsabilidades en las que no se cree pero que la sociedad impone y uno asume sin saber por qué. Siete meses viviendo plenamente a nuestra manera.

No albergábamos la esperanza de ser ricos en dinero, ¿para qué?, ¿cuándo el papel tuvo mayor utilidad que la de grabar eternamente palabras bonitas? No ansiábamos el triunfo o el reconocimiento de los demás con el que saciar nuestro ego. No nos comparábamos instintivamente e igualmente no envidiábamos. Estábamos simplemente en paz y no pedíamos nada más allá que estar juntos.

Comprendí que escribir el guión de cada día nos hacía dueños de nuestras propias decisiones. De nuestras propias vidas. Y como regalo el tiempo se tornó de repente laxo, se diluía hasta perder el sentido de su existencia. Y sin capacidad para hostigar y atormentar no le quedó más opción que rendirse, someterse a nuestra voluntad. Nos pertenecía. Vivíamos en el presente, en el aquí y ahora. El mañana era algo lejano que, sin duda, sería maravilloso, pues era nuestro.

Sin darnos apenas cuenta habíamos decidido concedernos el mayor de los poderes: nos habíamos regalado el tiempo. Tiempo para nosotros, para vivir sin prisa, para decidir qué queremos ser y hacer. Por lo que cada mañana, con mimo, abrimos despacio el nuevo día con el que la vida nos obsequia. Un día limpio y generoso, con tantas posibilidades como uno quiera imaginar, pues ya lo dijo el sabio:

“-He descubierto que hay vida antes de la muerte”.

 


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