MOLÉCULAS IMPOSIBLES

IMG_1206Cierro los ojos, inspiro, dejo pasar unos segundos, espiro… Lleno de nuevo mis pulmones, mi alma, mi ser. Y noto cómo se colma cada célula, cómo mi mente se inunda de aromas, sensaciones y formas. Incluso colores. Me embargan una paz y una harmonía exultantes. Me encuentro equilibrado y sereno. Tomo consciencia de la energía que desprende este lugar sin igual.

Y es que las Islas Bijagós, escondidas en la costa atlántica de Guinea Bissau representan, en cierto modo, un oasis de desaceleración frente al acelerado mundo occidental desarrollado. Aquí las tradiciones culturales se conservan desde la noche de los tiempos, y gran parte de ellas son transmitidas de forma secreta de ancianos a jóvenes. Existen ritos iniciáticos para acceder a las diferentes etapas de la vida, de modo que los jóvenes pasan largas semanas o meses en el bosque, aislados de sus madres y hermanos, tutelados por abuelos, padres y tíos en su afán por enseñarles todo aquello que es necesario saber en la vida.

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Después, cuando consideran que comienza la etapa de “fanado”, los hombres deben abandonar a su familia durante mucho tiempo. En ocasiones seis o siete años, dependiendo de cada individuo. No podrán visitar a sus mujeres o hijas, no podrán hablarles. Marcharán solos, a otra parte, mochila a la espalda en busca de reflexiones y experiencias. Sólo volverán cuando estén preparados para su nueva etapa vital.

Hombres y mujeres practican cultos animistas, de modo que todo tiene un alma y una vida: árboles, animales, agua y rocas son respetados como seres que son y, en ocasiones, incluso venerados. La mujer se erige a un tiempo como cabeza y manos de la sociedad bijagós, dejando el papel del hombre en un plano tan reducido que desconcierta. Al punto de que un niño debe obedecer antes a su tío materno que a su propio padre. Sólo por pertenecer a su línea materna, a la de su madre, dadora de vida.

Y son ellas las que levantan con sus propias manos las casas familiares, cuidan y educan a los hijos, recolectan frutos y arroz, preparan la comida, cuidan de los animales, lavan, limpian y abastecen de agua el hogar. Todo es mágico y sorprendente a los ojos occidentales, como si de fábulas y cuentos infantiles se tratase. Y es aquí cuando me doy la razón: “ves, todo esto existía”, y comprendo por qué quería dar la vuelta al mundo. Para estar aquí, entre ellos, entre gente de otra galaxia. Gente que se desliza a una velocidad diferente por el reloj de arena de la vida.

Pero igualmente gente que apenas tiene medios para desplazarse siquiera entre sus islas, que a duras penas alcanza la cincuentena, que no sabe leer ni escribir y que, por tanto, no sabe luchar, criticar ni oponerse a las crecientes injusticias y abusos a los que son sometidos por parte del gobierno saqueador al que por desgracia pertenecen. Cierto, no es oro todo lo que reluce.

Pero sí existen en cambio los milagros. Y Macote es, tal vez, una de esas creaciones extraordinarias de la Naturaleza que, en su afán por superarse, combina a veces átomos y moléculas imposibles. Ocurre a veces, todavía no sé cómo pero, de repente y sin aviso, alguien se yergue por encima del resto para alcanzar a ver la luz del faro que guía. Son personas diferentes, superiores, y brillan sin ni siquiera ambicionarlo. Su energía vital es arrolladora. La historia de Macote es fascinante, casi imposible.

De niño recorría cada día los cuatro kilómetros que separaban su casa de la escuela. Era duro, frustrante, y hubiera abandonado el colegio antes de cumplir los diez años de no contar con la obstinación de su madre. Analfabeta, anhelaba una vida diferente para sus hijos. Por lo que así, aunque a duras penas, logró culminar la educación básica y, a diferencia de sus compañeros, pudo salir de Formosa, su isla natal, para proseguir con el liceo en Bissau. No hay transporte ni ayudas económicas, ninguna facilidad. Sólo aquellos que cuenten con algún familiar en la capital, dispuesto a acogerlos y alimentarlos, tendrán el privilegio de continuar con su formación. Y tal vez fue aquí donde Macote alcanzó su iluminación: existía todo un mundo más allá de Formosa, y ahora estaba condenado a descubrirlo y sentirlo.

Sólo los mejores expedientes del país pueden optar a recibir ayudas ministeriales para acceder a los estudios universitarios. Macote encabezó las listas. Estudió duro y, poco después, ganó una plaza becada en una universidad brasileña. Toda una odisea para un chico de Formosa, “condenado” por naturaleza a no abandonar jamás las islas. Pero Macote no bajó el ritmo. Sus estudios en Brasil lo llevaron a visitar azarosamente Estados Unidos, comprendiendo que era aquí donde quería llevar a cabo su formación, por imposible que pareciese. Pero estaba irremediablemente decidido, por lo que apostó fuerte y abandonó su beca brasileña para trabajar en Estados Unidos, cumpliendo así su particular “fanado”, alejado de su familia y amigos. Durante un año combinó dos trabajos para nada atractivos hasta que juntó el dinero necesario para ingresar en la facultad.

Estaba dentro. Ahora era fácil, pues dependía únicamente de él. Sabía que unas notas brillantes le abrirían las puertas de acceso a una beca americana, y eso sabía hacerlo. Estudió, estudió duro y sin descanso, hasta que finalmente lo había logrado: hablaba inglés con acento de Utah y se había licenciado en Estados Unidos. Levantó su propio negocio de software en Salt Lake City, y cuando hubo albergado el conocimiento vital suficiente comprendió que era el momento de regresar a casa.

En Bissau ha fundado una escuela donde enseña inglés y emprendeduría a todo aquel que esté interesado. Su visión del mundo y de la vida son enormes. Desorbitada si la comparásemos con la de sus propios familiares, los cuáles no llegarían jamás a imaginar todo ese mundo que se desarrolla al otro lado del mar, más allá de las Bijagós.

El camino ha enseñado a Macote a reconocer las injusticias, a luchar. Está comprometido con su tierra y sus raíces. Quiere que su gente tenga acceso a la educación y a la salud. Que sea un pueblo fuerte y libre. Se ha propuesto hacer todo lo que pueda para conseguirlo, y creo que lo ha convertido en su verdadero objetivo existencial: “-Madre, cuídate, quiero que vivas para ver cómo tu hijo cambia esto”.

La Naturaleza es prodigiosa: átomos que chocan, moléculas imposibles, seres extraordinarios que nos iluminan y nos guían.


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