EL DOCTORADO DE LA VIDA

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Hoy se cumplen cuarenta días de viaje. Nuestra primera cuarentena alejados de lo nuestro y de los nuestros. La primera de unas cuantas (imagino) en nuestro largo periplo en busca del conocimiento y la experiencia en persona. Hemos llegado a Dakar, lo que implica haber descendido prácticamente 25 grados de latitud hacia el sur. Y como era de esperar, la experiencia está resultando ser un auténtico “Doctorado de la Vida”. Como si de repente nos hubiésemos matriculado en todos los cursos y asignaturas ofrecidas. Creo que el mundo es la mejor universidad que el mundo puede ofrecer.

Y claro, con estas premisas, ya son muchos los pensamientos y reflexiones que bullen dentro de mi cabeza. Para empezar, no deja de entristecerme cómo la basura nos persigue a cada paso. La mínima congregación de personas en torno a una pequeña aldea asegura la acumulación y desparrame de residuos de todos los colores. No hay calle, plaza, río, lago o playa que se libre del agobio de los plásticos. Espacios increíblemente bellos empañados por la actividad humana.

Es como si la llegada masiva y el uso indiscriminado de plásticos hubiese pillado in fraganti a los países africanos que hemos recorrido. Aquí no hay vertederos como tal, no hay papeleras ni contenedores, no hay separación de residuos, no existen planes de gestión ni tratamiento, no hay reutilización o reconversión. Los plásticos están (y me temo que estarán) por todas partes, y siento que han decidido asentarse aquí por los siglos de los siglos. Por favor, hagamos algo todos y hagámoslo ya: los plásticos que consumimos ya han empezado a consumirnos.

Por otro lado, no deja de llamarme la atención cómo todos los países por los que pasamos incorporan siempre en sus relucientes escudos el concepto de “justicia”. Y me frustra comprobar cuál es la realidad. Ver que la justicia no existe, sino que es la corrupción la que impera y dicta. Que no hay policía que no pretenda llenarse los bolsillos a merced de su privilegiada posición. Creo que tenemos un problema cuando aquellos encargados en velar por el cumplimiento de la ley y la justicia no comprenden siquiera el significado de estos conceptos. Cuando no tienen ni idea de cuál es su cometido real. Información, educación, conocimiento, conciencia… lucha: no podemos rendirnos.

Y luego observo a los niños senegaleses y no puedo evitar acordarme de los niños occidentales. Y por consiguiente mis dos hemisferios entran en conflicto. La escasez que tiende a la nada, la responsabilidad y la madurez forzosas o la atención casi nula por parte de los adultos que veo en los niños de aquí se da de bruces con la protección a ultranza, la disposición a voluntad de todo (en ocasiones opulenta) o las mil y una posibilidades de los niños de allá.

Aquí los niños aprenden rápido a buscar un modo de vida, a ser independientes, a espabilar. Supongo que será exagerado, pero muchas veces me da la sensación de que se rigen por el lema “o lo hago yo o nadie lo hará por mi”. Las madres acarrean con sus niños mientras son bebés, pero apenas caminan y ya deambulan solos. Grupos de niños de no más de tres o cuatro años cuidando unos de otros, pidiendo arroz o pan desde que amanece.

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Creo que tenemos conceptos diferentes en cuanto a lo que representa una vida humana. Las mujeres en Senegal tienen cinco hijos en promedio, pero me da la sensación de que invierten muy, muy poco en su desarrollo. Como si forzosamente imperase la ley del más fuerte. Creo que las mujeres aquí no disponen de mucho tiempo libre. Trabajan, trabajan duro.

No seré yo quien responda qué punto es mejor, si la sobreprotección que se impone cada día más en Occidente o el desarrollo independiente que observo por aquí. Ni siquiera soy padre todavía. No sé, no creo que exista una forma perfecta de educar. Aunque tal vez, como casi siempre, el equilibrio se encuentre en el punto intermedio que une los dos extremos.

Por ahora debo dejarlo aquí. Suena el timbre y hay que entrar a clase. Son las 12:15 h en el mercado de Dakar y hoy tenemos examen parcial en “Relaciones Humanas”. Trabajo, constancia, estudio, mucha atención. Premisas esenciales para sacar adelante un “Doctorado de la Vida”.


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