Eterno viajero

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Qué sabré yo sobre el mundo que nos espera ahí afuera. Como mucho, sólo puedo imaginar, dejar que mi mente vuele y vuele. Que se proyecte y prevea situaciones, conversaciones, encuentros, aprendizajes, experiencias… Pero, cómo saber quién saldrá a nuestro paso o qué estrellas nos observarán tantas y tantas noches de hoguera, conversación y meditación. Eso es, creo que sólo sé que no sé nada acerca del mundo que aguarda a ser descubierto.

A veces intento comprender por qué. Por qué abandonar el calor del hogar y los tuyos, la familia que siempre facilita y suaviza, el entorno conocido, el sendero recto y sin desniveles, la vida fácil y la lección aprendida, el saludo del vecino o el estómago lleno y el colchón moldeado. Y cambiarlo, cambiarlo todo y elegir libre y voluntariamente la incertidumbre. Obligarse a pensar cómo satisfacer continuamente seguridad y necesidades básicas: un plato, un techo y una cama. Rodearse de extraños entre los que ser el extranjero, molestarse en escuchar y aprender una y otra vez de personas que jamás volverán a tu vida. Y perderse, perderse una y mil veces por caminos ajenos que conduzcan quién sabe dónde.

Lo sé, no tiene ningún sentido. Tan sólo el eterno viajero, aquél que todavía conserve en su médula los vestigios del hombre antiguo, del infatigable nómada, podrá comprender por qué. Por qué rastrear nuestros orígenes, por qué salir tras las huellas de aquellos caminantes, por qué imitarlos.

Eterno viajero, tú estás condenado de por vida a moverte, a desear descubrir nuevos horizontes, a querer saber qué hay más allá de allá donde llega tu vista, a perderte, a encontrarte. Estás condenado a extrañar. Y a pesar de que lo reclama tu alma, a pesar de que lo necesitas y requieres abrirte al mundo, es humano tener dudas cuando se presenta un largo viaje. Diría que hasta necesario. Al fin y al cabo se trata de saltar al vacío sin comprobar muy bien la altura, de soltar las amarras y navegar hacia el océano infinito.

Como a ti te ocurre, tampoco el gran buque fue concebido para la partida. Las primeras olas, rotas y enrarecidas al chocar con tierra firme, aun siendo pequeñas, rebotan cansinas y zarandean al gigante de acero. Sin embargo, a medida que avanza hacia el azul, adentrándose en lo puramente desconocido y salvaje, va ganando serenidad y firmeza. Su paso se hace más constante, más seguro. Se encuentra ahora capacitado para batirse con las grandes olas y los vientos rugientes. Eso es, el gran buque se encuentra en su medio.

Así que no temas eterno viajero. Es sólo que la amarra que te une a tierra firme es muy consistente, pues comprende que los años han ido tejiéndole una capa sobre otra, engordándola. Y si me permites, te pediría que no intentes cortarla, pues sería fatigante y terminarías hiriendo y te herirías. Por lo que no, no la rompas. Sólo suéltala suavemente, sin dañarla, pues un día necesitarás volver a tierra firme, al punto de partida. La necesitarás para volver a casa y amarrarte.

Tras ello y una vez ya a flote, serás consciente de que estás únicamente en tus manos. Es normal que tus primeros pasos sean algo desequilibrados, que te tambalees ligeramente. Puede que hasta mires atrás tanteando si saltar o no de regreso a la orilla protectora. Pero no, tu alma es más poderosa que todo eso y te fuerza a avanzar. La misma que se ensancha a cada metro recorrido, al tiempo que la nueva brisa llena de vida tus jóvenes pulmones. Tu paso se irá asegurando y levantarás la vista hacia el horizonte, con seguridad, ávido de aventura, de conocimiento y descubrimiento. Mirarás de frente al camino que se abre ante ti.

Hesperides 15380

Eterno viajero, yo sé que tú no estás hecho para la despedida. Tú estás hecho para el camino.


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