Pero, ¿no tenéis miedo?

Venezuela, Gran Canaria
Veneguera, Gran Canaria

No tengo miedo. Si voy a sincerarme, confesaré que no tengo miedo a perderme, ni a que el camino sea más duro de lo que yo pensaba. O a que yo mismo no esté a veces a la altura de las circunstancias. No tengo miedo a que nos roben, ni a que el coche diga basta. Ni siquiera tengo miedo al chantaje. Tampoco me da miedo el fracaso, volver a casa sin llevar a cabo lo propuesto. No temo a las personas, las enfermedades, los mosquitos, los estados y sus armas, sus toques de queda y sus cierres de fronteras. Ni siquiera temo a quedarnos sin dinero. No me asusta la noche, la incertidumbre del mañana o el escenario cambiante. Como tampoco me asusta lo desconocido ni las dificultades. No tengo miedo a cuestionarme qué hago yo allí, en mitad de ningún sitio, reprochándome por qué, “por qué no decidiste mejor quedarte en casa, en lo fácil”.

No, personalmente no tengo miedo a nada de esto. Creo que serán ante todo circunstancias. Experiencias que, sólo por el hecho de vivirse, ya habrán merecido la pena. Irremediablemente me habrán hecho más fuerte, más sabio, más agradecido… quizá más justo. Aunque todo esto haya durado tan sólo un día.

Tal vez sean valientes los que no temen al peligro. Los que miran a la vida de frente e incluso la desafían. Aquellos que no creen en su destino, sino en ellos mismos. Los que no obedecen precisamente a leyes ni a nostalgias, ni creen en lo establecido.

Personalmente prefiero considerarlos simplemente sabios, sin más, mientras que los verdaderos valientes tal vez sean otra cosa. Tal vez sean aquellos con la capacidad de mostrar a los demás precisamente sus temores, de admitir sus miedos. Ironías de la vida… Es por ello que, si se me permite, quisiera autoproclamarme valiente a cambio de confesar aquello a lo que temo.

Tinieblas

Y es que tengo miedo, mucho miedo, a que los problemas nos distancien en lugar de acercarnos. A que las dificultades del camino horaden lo que somos juntos, lo que hemos construido durante estos años. Tengo miedo a que las crisis dejen de ser aprendizajes. A que las incomodidades, los cambios, las incertidumbres, las negativas constantes o los desconciertos reduzcan nuestra comunicación. Erosionen el equipo que hemos ido formando. Tengo mucho miedo a que los retrasos e inconvenientes se conviertan en reproches. A que las dificultades tambaleen nuestra relación. Tengo miedo Rosalía. Tengo miedo a que las piedras del camino me hagan perderte.

Sin embargo, mientras escribo visualizo nuestro árbol. Ése que simboliza nuestro amor. Y veo su envergadura, su vigor, su porte. Sus raíces se nutren de lo más profundo, creo que del mismo centro de La Tierra. Está anclado, firme. No concibo verlo caer ni ante la tormenta de las tormentas. Sobreviviría al peor de los inviernos. Lo veo. Seguiría erguido, imponente, quizá sin hojas, pero calmado, esperando a que los cálidos rayos de la primavera hiciesen rebrotar en él la vida.

El Garoé, El Hierro

Lo rodea el aura del milagro, el de juntar a dos personas que se buscan, complementarias. Dos personas que conforman una.

Y no, quizá no sea tan valiente como yo pensaba… pues lo cierto es que ya no tengo miedo.


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